a falta de un puñado de días para que acabe el plazo para la presentación de la declaración del irpf, los nervios afloran a cada instante. ya no quedan huecos para más citas (la última de mi provincia, salvo posibles bajas, la di hace unos días).

el contribuyente “A” ha vendido acciones. carece de los datos de compra. también ha vendido un piso que tenía “desde hace un montón años” y que no tiene “ni idea” de cuáles habían sido los pagos para recibir el inmueble en herencia. cuando le aclaro que yo también carezco de esa información (los poderes de adivinación me los he dejado en casa) me mira mal. muy mal. de esas miradas de “me mira mal” de pub de machitos de sábado noche. le explico que si no busca esa información saldrá perjudicado en el resultado de una supuesta declaración, y él y su descendiente se cruzan miradas. creo que empezarán a gruñir de un momento a otro.

llega el duro momento de confesar que no puedo darles otra cita. tras un par de intentos de tantearme (mmm… cara de mentirosa compulsiva? realmente sí hay citas pero no las quiero dar porque me las voy a quedar todas para mí, de recuerdo de la nueva experiencia laboral?) se miran de nuevo, recogen sus cosas y se dan la vuelta con los brazos cruzados y, sin siquiera mirarme (peazo despojo humano!), se van con paso brusco y un cabreo manumental.

si estos días se montasen puestitos con tilas a la entrada de las delegaciones y administraciones de hacienda… se podría sacar una pasta. me lo pensaré para otro año.

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