Hace un par de semanas me compré unos vaqueros. No soy yo muy dada a probar mil prendas ni a recorrer comercios mil. El caso es que encontré unos que me resultaron cómodos, a pesar de sus rotos y su tela gastada. Amablemente (yo soy muy agradable cuando quiero) pregunté a la dependienta si tenía el mismo modelo pero entero, o si por esas prendas rotas había algún tipo de descuento. Ninguna de las respuestas fue afirmativa y yo no tenía demasiadas ganas de dar vueltas. Ahora tengo unos pantalones que parecen viejos sin serlo. Combinan perfectamente con la camiseta “desteñida natural” que me regalaron hace poco.

Estoy pensando que, mientras no saco las opos, podría dedicar un par de horillas diarias a sentarme ante la catedral. Podría ser productivo.

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