ser joven (aún diría más, parecerlo) es un valor en alza. no es novedad y no tendría nada de malo si no nos condicionase como lo hace.

hace ya muchos años que tengo canas. al principio, el comentario era “anda, tienes una cana”, y mi respuesta silenciosa “si sólo fuese una…”

parece que con los años y el aumento de cabellos blancos las conversaciones van cambiando:

-anda, tienes canas.

-sí, tú también, no?

-sí, pero me tiño.

-yo lo he pensado, pero no sé qué hacer, no me decido.

-ná, mujer, a ti no te hace falta…

es una respuesta un tanto “hipocritilla”, como eso que te dicen a veces de “tú adelgazar? si no te hace faaaltaa…” y ves al individuo (generalmente individua) en cuestión, que mide el número de calorías por gramo de cada envase que cae en sus manos.

pero, como en todas partes, también están los sinceros, esos que no se andan con rodeos y te escupen las cosas tal cual las ven. desde la que te echan la mano a la barriga (coñe, qué confianzas) diciendo un “hay que comer menos, eh?” hasta la que te ve por la calle y te suelta:

-pero cuántas canas tienes! tienes que teñirte, eh? porque no puedes andar así, mujer. a mí, por suerte, no me hace falta, a mi madre le salieron a los cuarenta y muchos y yo parece que salgo a ella, pero tú… hija, tienes que hacer algo, que así es un horror.

… en esos momentos tu cara pasa, alternativamente, de ser un poema a desencajarse. tal es el impacto del proyectil verbal, que no reaccionas… y te quedas con las ganas de hablarle del tamaño y forma de su nariz, de sus piernas torcidas o de su mal aliento debido al tabaco. sólo sonríes, sin tirarle de sus pelos sin canas, sin decir absolutamente nada.

al fin, consigues recuperarte del golpe, recoges de la acera lo que queda de ti y te vas.

qué color me quedará bien? el rubio platino y el fuxia ya los he descartado.

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